El artículo salió de
http://www.hagshama.org/es/recursos/view.asp?id=899&subject=102
Un abrazo para todos,
Buena Prensa, Buen Mundo!
El intelectual, la verdad y los tiempos de guerra.
Ron Facundo Lerer Los intelectuales deben ejercer con honestidad y valentía su arma fundamental, la crítica. Sin embargo, a la hora de ponerla en juego, muchos de ellos renuncian de antemano a la complejidad que plantean conflictos y situaciones humanas, y caen en un maniqueo que no se condice con su prédica en favor de la complejidad. En ese caso, la crítica deja de serlo, y se convierte en propaganda.
"La función del intelectual no debe ser nunca la del patrioterismo fácil, sino la de saber ejercer en los momentos más difíciles y complejos, su arma fundamental: la crítica". Así escribía hace pocos días, con mucha razón, el psicoanalista y autor argentino Eduardo Pavlovsky en el diario argentino Página/12, en un artículo bajo el sugerente nombre de "La función del intelectual en la guerra"1. Sin embargo, y a pesar de tan acertada afirmación, tengo la sensación de que una parte de los intelectuales occidentales, embebidos muchos de ellos en la boga posmodernista, no son realmente capaces de liberarse de aquellas pesadas cadenas, de las cuales ellos mismos nos quieren liberar.
Uno tras otro, los representantes de la "Nueva Izquierda" monopolizan el pensamiento humanista, social, de izquierda. Uno tras otro piden al mundo fidelidad a La Verdad, lealtad a una crítica unilateral, unísona casi, a la vez que explican a todos cuál es nuestra inmoralidad de turno, al tiempo que nos explican por qué estamos equivocados, por qué somos inmorales.
En sí eso no es malo. Es ciertamente la función de todo aquel que se cree independiente ideológicamente el decir y airear sus ideas. El problema es cuando esa crítica es unidireccional, cuando funciona sólo cuando la realidad concuerda con la visión del mundo del "intelectual". Pero cuando el mundo se complica un poco más de lo propuesto por Pavlovsky, cuando no se trata de una simple y clara lucha entre opresores y oprimidos, sino de una compleja contienda ideológica, entonces parecería que aquellos comentaristas pierden su capacidad crítica, se convierten en esclavos de sus dogmas más básicos y se olvidan de la importante función, a la cual habían jurado lealtad: en ese momento, la crítica deja de ser crítica y se convierte en propaganda.
Y es que ese elemento crítico es especialmente cardinal en tiempos de guerra, cuando la opinión pública tiende a ir como una masa tras el flautista mediático de Hamelin; no es por tanto casualidad que, como cuenta un viejo refrán, las dos primeras víctimas de la guerra sean la Verdad y la Complejidad. Estos intelectuales de los que hablo, piden lealtad a la primera, al tiempo que asesinan a la segunda.
LA INJUSTICIA INFINITA, CON OJOS "CRITICOS"
Veamos por ejemplo el caso de la actual guerra de Afganistán y el continuado conflicto entre Israel y los palestinos. A mi parecer, muchos de los análisis periodísticos del estilo sobre estos dos temas (que muchas veces son escritos por académicos respetables), nos enseñan casos claros de dogmatismo ideológico, de falta de pensamiento crítico real de aquellos que justamente no paran de predicarlo.
Miremos la enorme capacidad crítica de Juan Goytisolo, quien a fines de noviembre nos explicaba en el diario español El País que "después de un período de ni guerra ni paz, en el que se le confió a la Autoridad Nacional Palestina la tarea de mantener un orden precario en sus guetos y bantustanes, el inocente paseo de Sharón por la Explanada de las mezquitas y el comienzo de la segunda Intifada ponen de manifiesto, por si ello fuera aún necesario, la injusticia infinita que sufren los palestinos, injusticia que alimenta el terrorismo de los grupos islamistas y el subsiguiente recurso por Sharón a lo que no puede calificarse de otro que terrorismo de Estado."2 En definitiva, nos explica Goytisolo que no se trata de un conflicto complejo (como tendía Pavlovsky a explicarnos), sino de una situación maniquea muy simple, de buenos y malos, y en la cual hay justos e injustos, blanco y negro. Israel es culpable del terrorismo, no los terroristas que asesinan a inocentes. La tortilla ya ha sido dada vuelta.
Si nos cabían aún dudas, nos cuenta Goytisolo, que "tras el monstruoso atentado del 11 de septiembre y la guerra de Afganistán, vemos repetirse una variante de la situación creada por la Guerra del Golfo y el apoyo occidental a los regímenes arabomuslmanes corruptos y represivos que se alinean prudentemente en su bando". Claro está que, a pesar que el escritor español no nos lo cuenta, esos estados que no se alinean con EE.UU., como Siria, Irak o Irán son extremadamente límpidos y democráticos, y en definitiva los paladines de la libertad y del respeto por los derechos humanos.
A un nivel personal, tengo muchas críticas hacia mi gobierno, el israelí. Desgraciadamente, demasiados civiles palestinos han sufrido las respuestas israelíes a los ataques terroristas –como el cierre hermético de las ciudades y el desempleo que esto allí produce, el toque de queda, los controles en las rutas, la escasez de agua. Israel, además, se ha basado últimamente casi exclusivamente en una política de fuerza, con escasos esfuerzos diplomáticos paralelos a las maniobras militares. La política de asentamientos –especialmente aquella que comenzó en 1977, la cual de forma premeditada no discernía entre zonas densamente pobladas por árabes y áreas estratégicas para Israel-, ha sido a mi parecer no sólo errónea para el futuro mismo de Israel, sino que fue, además, injusta para con el pueblo palestino. Por otro lado, creo que muchas veces, la política exterior americana ha estado efectivamente muy lejos de ser equitativa, democrática o correcta: ese ha sido por ejemplo el caso del apoyo norteamericano al franquismo, las intervenciones en Sudamérica en los setenta y en Centroamérica en los ochenta, o de sus políticas económicas y ecológicas actualmente para con todo el Tercer Mundo.
Sin embargo sé también, que éstas políticas no han de ser, no pueden ser medidas frente a una norma metafísica, frente a un estándar inexistente, sino que han de ser criticadas en el marco de su realidad política, en el contexto de las relaciones internacionales existentes y en el caso de Israel, en el cuadro de un conflicto, donde cada lado esta convencido de la justicia de su causa.
ERRORES DEL LIDERAZGO ARABE
Es cierto, Israel ha cometido, como ya he dicho, no pocos errores desde 1967. Sin embargo, creo yo que quienquiera que pretenda ser un "intelectual", o al menos un crítico verdadero, ha de ir más allá de una pura crítica banal y decontextualizada de las políticas. La verdadera y legítima crítica es esa que no conoce fronteras, no sólo institucionales, sino –a veces, sobre todo- ideológicas.
Permítanme regresar al Medio Oriente y dar un ejemplo de la historia del conflicto árabe-israelí: quien pretenda explicar la génesis del problema de los refugiados palestinos a un nivel histórico no podrá afirmar tan sólo –como parte de los citados autores explican- que el Estado de Israel es el responsable de la "Naqba" (Catástrofe) palestina. Esto sería, desde todo punto de vista, falso. La Naqba fue consecuencia de una guerra, y esta guerra fue consecuencia de un choque ideológico entre dos grupos nacionales. La Naqba fue, además, consecuencia de los errores del liderazgo árabe que no supo comprometerse con la partición. Quien pretenda responsabilizar a Israel sin mirar un poco más adentro, dejará de ser realmente crítico y se convertirá en un comentarista parcial.
Aquella "injusticia infinita" de la cual Goytisolo habla no es tan sólo la consecuencia de una política israelí, sino también de setenta años de errores del liderazgo palestino, que se negó a llegar a acuerdos en todas las generaciones, desde el Plan de la Comisión Peel en 1937 hasta la segunda cumbre de Camp David, durante el pasado año. Es incluso posible, que en estos días estemos siendo testigos otra vez de cómo ese liderazgo huérfano de coraje desaprovecha otra oportunidad: se trata de la falta de agallas de Arafat de llevar a su pueblo a buen puerto –su incapacidad de hundir el Altalena palestino, más allá de las amenazas verbales de hacerlo-, cosa que muy posiblemente nos conduzca eventualmente a otra gran guerra innecesaria, que sin duda más tarde dirán, alimenta esa "injusticia infinita". Pero, ¿son esos intelectuales capaces de criticar tambien la falta de dirección palestina? ¿Son capaces de decir inequívocamente que el asesinato intencionado de civiles –sabiendo que se trata de niños y jóvenes inocentes- es inmoral sin más? ¿Pueden decir que Arafat comete un error imperdonable al no encarcelar a los suyos que aterrorizan a los civiles israelíes? ¿Pueden afirmar que no hay represión que justifique el asesinato de inocentes?
Algo semejante ocurre cuando se intenta analizar la actual campaña norteamericana en Afganistán. Me acuerdo de mi temprana juventud en Argentina, cuando me explicaban que la dictadura militar era consecuencia del apoyo "yanqui" a las Juntas. Eso era cierto: en el contexto de la Guerra Fría, las diferentes administraciones en EE.UU. no tuvieron dudas en apoyar a los gobiernos más corruptos, sanguinarios y represores de Sudamérica toda. Sin embargo, parece ser que parte de la intelectualidad argentina se olvida que el mundo es más grande y cambiante, y que lo que fue cierto en el Cono Sur en los años sesenta y setenta, no lo será obligadamente en el Cercano o Medio Oriente del siglo XXI. Creo que ha llegado la hora –especialmente en los círculos pensantes iberoamericanos- de intentar romper esas cadenas que unen a tantos a un dogmatismo unicapal, ese que pone a los "cowboys opresores" de un lado (el de la oscuridad) y a todos los "oprimidos del mundo" en otro (el de la luz): como ya hemos dicho, la vida es más compleja que eso.
Miremos un ejemplo de esta dirección, en el articulo de Pavlovsky. El nos recuerda la función –no ética- inmutable de EE.UU. en el mundo y en la historia: "El imperialismo norteamericano", nos explica, "ha 'comprado' la función crítica de sus propios intelectuales y la de la mayoría del mundo europeo y latinoamericano con becas, subsidios, viajes y fundaciones. La pérdida de la ética se ha interiorizado como obvia y natural (...)". Para ser ético, se entiende, se ha de culpar a EE.UU. de los males de este mundo. Pero para que quede clara la continuidad de las políticas inmorales, escribe Pavlovsky sobre la historia reciente Argentina, y nos cuenta que de forma parecida a la complicidad intelectual con las políticas americanas en Afganistán, "entre nosotros la complicidad civil fue el instrumento de la dictadura. Porque no hay dictadura sin un alto grado de complicidad civil." Pero la "crítica" histórica independiente no se acaba allí. No se podía acabar allí: dado que no se puede sino llegar eventualmente al símbolo occidental del Mal, en una narrativa posmoderna que mezcla absolutamente todo, nos recuerda –en caso de que nos hubiésemos olvidado- que "el Holocausto contó también con la complicidad de gran parte del pueblo alemán". Lacán y Derrida entran en el terreno de Marc Bloch, y todo se convierte en texto. Los hechos, por tanto, dejan de ser importantes.
DE EXTRAPOLACIONES Y FALACIAS
Esa "inocencia" intelectual llega también a Israel. La extrapolación, la falacia histórica, puede llevar a la gente al uso político de comparaciones ilógicas, pero potentes y provocativas, y por tanto, efectivas; sin embargo, toda relación con la realidad será puramente casual. Ese es el caso del periodista israelí Ran HaCohen, que escribe en su artículo "Digan no a un 'estado' palestino", que "a un nivel político, la vida aquí [en Israel] recuerda los primero años del Tercer Reich. Día tras día eres testigo de una sociedad que pierde rápidamente su cara humana. El hogar seguro para los judíos perseguidos se ha convertido en un hogar seguro para criminales de guerra sadistas, donde la vida de nadie, sea árabe o judío, queda a salvo"3. El problema aquí no es sólo la descripción falsa de una situación histórica diametralmente diferente, sino el uso de la crítica en forma parcial, y por tanto, inexacta.
El columnista Robert Fisk, del periódico británico The Independent, comienza una nota a principios de diciembre con una serie de preguntas, instructivas todas, sobre la política israelí. Sin duda podemos ver aquí el verdadero espíritu crítico del periodista. "¿Puede controlar Ariel Sharón a su propio pueblo? ¿Puede controlar su ejército? ¿Puede detener a sus militares por la muerte de niños, por dejar bombas caza-bobos en huertos o por disparar desde tanques los campamemtos de refugiados? ¿Puede detener Sharon la canallada de un ejército que destruye centenares de casas de refugiados palestinos en Gaza? ¿Puede Sharón impedirles a los colonos judíos que sigan robándole tierra a los palestinos? ¿Puede evitar que sus asesinos del servicio secreto liquiden a sus enemigos palestinos o concreten 'matanzas selectivas'(...)?"4 Como si las bombas dejaran de explotar y asesinar en Haifa, Jerusalem o Afula, como si francotiradores palestinos (¿bobos?) no dispararan cada día a matar a civiles israelíes. Como si esos tanques no estuvieran respondiendo a disparos de palestinos de dentro de los campos de refugiados. Así Fisk, mezclando fantasía y realidad, verdad y mentira, pretende explicar de forma "crítica" cual es la Verdad sobre el conflicto de Medio Oriente. Y así, de forma semejante, leales a sí mismos –aunque sean concientes que no son leales a la realidad-, construyen Fisk y los suyos una crítica hipócrita, parcial. No porque parte de lo que cuentan no sea cierto, sino porque saben que la realidad es más compleja que eso, porque buscan rescatar de las garras de la guerra, sólo su verdad –que siempre, siempre es parcial y no única-, dejando a la complejidad fatalmente herida en el campo de batalla.
Lamentablemente, leemos día a día las opiniones de estos inteligentes señores, que excluyen de su bando ideológico ("la izquierda") a todo aquél que no ve el mundo como ellos. Y así, a través de una crítica dependiente de su propia ideología, dejan estos supuestos "críticos", intelectuales de ser fieles a su labor como tales, y sin darse cuenta se atan a sí mismos a un dogma, a un cuento infantil de buenos y malos, a un supuesto antagonismo perenne de revolución y represión, que no hace más que alejarles de una verdadera, y por tanto legítima, crítica.
El columnista Robert Fisk, del periódico británico The Independent, comienza una nota a principios de diciembre con una serie de preguntas, instructivas todas, sobre la política israelí. Sin duda podemos ver aquí el verdadero espíritu crítico del periodista. "¿Puede controlar Ariel Sharón a su propio pueblo? ¿Puede controlar su ejército? ¿Puede detener a sus militares por la muerte de niños, por dejar bombas caza-bobos en huertos o por disparar desde tanques los campamemtos de refugiados? ¿Puede detener Sharon la canallada de un ejército que destruye centenares de casas de refugiados palestinos en Gaza? ¿Puede Sharón impedirles a los colonos judíos que sigan robándole tierra a los palestinos? ¿Puede evitar que sus asesinos del servicio secreto liquiden a sus enemigos palestinos o concreten 'matanzas selectivas'(...)?"4 Como si las bombas dejaran de explotar y asesinar en Haifa, Jerusalem o Afula, como si francotiradores palestinos (¿bobos?) no dispararan cada día a matar a civiles israelíes. Como si esos tanques no estuvieran respondiendo a disparos de palestinos de dentro de los campos de refugiados. Así Fisk, mezclando fantasía y realidad, verdad y mentira, pretende explicar de forma "crítica" cual es la Verdad sobre el conflicto de Medio Oriente. Y así, de forma semejante, leales a sí mismos –aunque sean concientes que no son leales a la realidad-, construyen Fisk y los suyos una crítica hipócrita, parcial. No porque parte de lo que cuentan no sea cierto, sino porque saben que la realidad es más compleja que eso, porque buscan rescatar de las garras de la guerra, sólo su verdad –que siempre, siempre es parcial y no única-, dejando a la complejidad fatalmente herida en el campo de batalla.
Lamentablemente, leemos día a día las opiniones de estos inteligentes señores, que excluyen de su bando ideológico ("la izquierda") a todo aquél que no ve el mundo como ellos. Y así, a través de una crítica dependiente de su propia ideología, dejan estos supuestos "críticos", intelectuales de ser fieles a su labor como tales, y sin darse cuenta se atan a sí mismos a un dogma, a un cuento infantil de buenos y malos, a un supuesto antagonismo perenne de revolución y represión, que no hace más que alejarles de una verdadera, y por tanto legítima, crítica.
NOTAS
Edurado Pavlovsky, “La función del intelectual en la guerra”, Página 12, 22.10.2001
Juan Goytisolo, “Un intelectual libre”, El País, 29.11.2001
Ran HaCohen, “Say No to a Palestinian ‘State’”, 13.11.2001, http://www.antiwar.com/
Robert Fisk, “Israel- Palestina: la última guerra colonial”, The Independent, 6.12.2001.
Edurado Pavlovsky, “La función del intelectual en la guerra”, Página 12, 22.10.2001
Juan Goytisolo, “Un intelectual libre”, El País, 29.11.2001
Ran HaCohen, “Say No to a Palestinian ‘State’”, 13.11.2001, http://www.antiwar.com/
Robert Fisk, “Israel- Palestina: la última guerra colonial”, The Independent, 6.12.2001.

